|
|
Contenido: |
Las primeras clases en aquel nuevo lugar de estudio, pasaban rápidas hasta que comprendí la relativa rutina a la que me debería acostumbrar sin opción, pronto para aprovechar el trimestre.
Algunas asignaturas nuevas y, sin ninguna duda, profesores a los que iría conociendo iban pasando los exámenes.
Y entre mi horario: las lecciones de arte, dos veces a la semana, en horario de tarde y en unas clases monumentalmente grandes, con sus paredes forradas de cuadros y pósteres, las estanterías de volúmenes sobre la Historia del Arte por etapas y maquinaria arcaica para proyectar largas colas de diapositivas que, con algo de polvo, esperaban ser “luminizadas” pronto.
La primera clase ahí fue todo revuelo, mis compañeros comentaban sin cesar y la profesora, a quien aun no podía ver con toda claridad, esperaba a que el jaleo terminara, y los cuerpos excitados de los novatos descansaran en sus sillas, pupitres.
En segundos todo calma, fue apareciendo el silencio y con ello, la figura de ella, de la profesora de arte, que ella mismo explicaba cuan significado constituía esa palabra con solo admirar su belleza, arte.
Alta, esbelta, llamaba la atención; unos tejanos enfundados en unas piernas largas, que empezaban en unas rotundas caderas. Un torso acuerdo con un buen tipo y busto pronunciado, hombros anchos sobre los que recaía un cuello elegante, en el cual colgaba un collar sencillo, negro que resaltaba ante la tez azúcar tostada de su piel.
Una cara angelical, poseedora de una boca genuina, llamaba al deseo, ojos casi rasgados color miel oscura. Llevaba el pelo suelto, formado por mil y un tirabuzones negros, en racimos caían por la espalda y los hombros, se le veía lúcido y sano.
Sin ninguna duda, era digno de creer que la profesora venía de una leyenda clásica, entre Homero y Safo, de algún castillo medieval asaltado por cruzadas o incluso de un palacio árabe, percibiendo incluso aroma oriental, sabor a canela o azafrán.
Habían pasado ya varios minutos desde el comienzo de la clase, yo aun embobada con aquel cuadro, y algún compañero intentando que atendiera a cualquiera otra cosa que no sea mi sueño, instalado por completo en mi mente.
Y pasaban los cuartos de hora, mientras Lucía, como bien se llamaba ella, explicaba los métodos de trabajo en la clase de arte que se debería seguir para conseguir buena nota a finales del trimestre. No me enteré ni de la misa la mitad, por supuesto.
Hasta que el timbre me sobresaltó, como si de un largo letargo me hubiese arrancado, entristeciéndome al saber, que debería esperar dos días más para volver al aula, de nuevo a verla...
Corrí apresurada a la siguiente hora: Literatura, bufando como interjección de mi resignación. Ya la clase la conocía bien, el profesor, mi lugar.
Intentaba disimular, ante mi compañera, el sofocón que había recorrido mi cuerpo, el tic nervioso que me había surgido, la divagación tonta y torpe que sufría. En fin, un desastre. Atendí y me enteré de la clase, para mi sorpresa. Hasta que una trabajadora de secretaría apareció en la clase, ordenándome ir al pasillo de arte, al aula anterior, donde supuestamente había extraviado algo personal.
Dudosa, confusa y sorprendida acudí con prisa allí. Me encontré de nuevo con la profesora. Y aun bajo el dintel de la puerta, respiré hondo y entré...
-Perdone, es que me han avisado de que tiene usted algo mío
-¿Usted?, muchachita, me trataras de tú que no soy tan vieja
-No lo hago por edad, sino por respeto
-Bueno, al menos reluces educación.
¿Tu eres Sabina, no?
-Sí, Sabina Höefmizt, nueva este año
-Mmm... con que alemana
-Del este, aunque no me han inculcado valores rígidos y austeros, como suelen ser la gente de Alemania del este...
-Eso es bueno, entonces, ¿eres rebelde? Esa pregunta confieso que me asustó; en la poca conversación que llevábamos me estaba cuestionando aspectos de mi personalidad, pero decidí no darle importancia.
-Me gusta ser yo misma y dentro de eso, sí, soy algo rebelde
-Pues bien señorita Höefmizt, tengo aquí su cuaderno de dibujo...
Debo confesar que le he echado un vistazo.
Me atraganté, mis pupilas se dilataron y mis manos sudaron aun más.
Aquel cuaderno de dibujo del que hablaba era mi más íntimo diario, donde se encontraba los cuerpos de mis amantes desnudas, dibujadas a vagos trazos. Sentí una gran vergüenza. Y permanecí callada.
-Presiento que serás una buena alumna, tus dibujos son muy buenos. Y ellas...
¿Son tus amantes, tus presas, tus pasatiempos?
-Un poco de todo, pasatiempos más bien...
-Auténticas bellezas la verdad, ¿y tú, no te has autoretratado?
-He empezado un boceto, pero el espejo es demasiado pequeño, tampoco es mi mayor prioridad artística ahora.
-Bien, visto esto y escuchado, me gustaría seguir hablando otro día, que me mostrases más dibujos, yo a cambio te puedo enseñar muchas cosas....
Y antes de hablar, titubeé en mi mente, después de aquello nada me parecía casualidad.
-Sí, estaría encantada la verdad
-Pues ya sabes, ¿qué te parece si nos vemos mañana en el Café junto al parque?
-Bien, si sí, allí... ¿a las diez y media?
-Perfecto Recogí mi cuaderno y cuando me marchaba escuché, sin volverme
-No te arrepentirás.
Pues al día siguiente me levanté con una sensación bien rara, estaba empezando a asimilar que había quedado con mi nueva profesora de arte, sin conocerla de nada.
Y yo hacía tiempo que no quedaba con una mujer; desde mi última relación, me había vuelto solitaria y poco sociable. Ya no me preocupaba tanto salir de marcha, conocer esos amores de barra y al día siguiente olvidarlas, borrarlas entre las sábanas como siempre hacía.
Toda esta reflexión en menos de cinco minutos recién levantada, y sentada en el borde de la cama.
-Bien, veamos que me pongo...
Inspeccioné el armario hasta encontrar algo adecuado al tiempo del día y a la cita.
Yo suelo llevar ropa ligera, entre hippy y naturista, siempre con mi toque de coquetería elegante. Una fusión que según mi madre llevaba muy bien.
Se ajustaron a mi cuerpo después de una ducha caliente, ropa íntima negra y descarada, unos vaqueros por debajo de la cintura y una camiseta sencilla. Algo de abrigo y a por el café.
Y desayunando ante la ventana que daba vistas a la cala, recordaba a Lucía en la clase, ayer, áurea y especial. Caí en la cuenta que desde los primeros segundos, ella me había dado buena impresión, no solo físicamente. Como si sus preguntas y mis respuestas fueran eslabones de una cadena que ya llevaba tiempo formada.
Ese mutuo entendimiento a la primera, me hacía sentir cómoda, dándome la sensación de que siempre habíamos estado conversando. Ojalá me pudiese expresar mejor.
Aquello me erizó y deje que aquel café amargo oleara una vez más, llegando a mis labios la última dosis de cafeína del día.
Estaba ya en el Café cerca del parque. A las diez y media. Algo nerviosa, lo reconozco.
Con mi carpeta de dibujos bajo el brazo. ¡Ays! Se me había olvidado poner de comer al gato. Que desastre, murmuré.
Y apareció desprevenida, por detrás. Me asustó, lógicamente, y me saludó con un cálido beso en la mejilla, casi húmedo diría.
Qué tal... cómo descansaste... estas muy guapa...
¿y si nos vamos directamente a mi casa?... Sus preguntas pasaron rápidas y me llegaron a la mente como un resumen, empecé a intuir sus intenciones, y aunque al principio negué la posibilidad de ir directa a la cama con ella, de camino a su morada me lo pensé mejor, que aunque iba a ser mi profesora de arte los meses siguientes, no debía de desaprovechar las oportunidades, que el dibujo me había brindado.
Conversamos hasta su salón tiernamente, me narraba que acaba de abandonar el piso su ex y se sentía algo liberada, que la presión de las últimas semanas la había dejado agotada. Tenía pocos años más que yo; recién licenciada en Bellas Artes se había metido de lleno en la escuela donde estudiaba yo mi último curso para llegar a la Universidad. La casualidad que también había pasado unos veranos en Escocia, donde yo allí no lo había pasado muy bien que digamos. Lucía me confesó que al igual que yo había estado contando las semana para regresar a Jaén.
Me ofreció té con miel, lo tomé despacio mientras le escuchaba hablarme de las películas en blanco y negro con las que tanto disfrutaba, y desviaba mi mirada a sus labios, al borde de la taza, como los pétalos de una rosa rodeando con recelo el epicentro del asunto. Carnosos y rosados, levemente rojizos por la comisura de su boca. Estaba bien embobada, y creo que se me notó porque la conversación que oía de fondo, había finalizado y envolvía al ambiente un extraño silencio.
“Desperté” y la miré. Me sonreía con cara de te he pillado, y se acerco más aun a mí.
Yo que acostumbro sentarme en los sillones algo recostada, me incliné hacia ella. Y juntas, aproximándonos al encuentro de nuestros labios, dejamos las tazas sobre la mesa y caímos mutuamente en una acción de despegue.
Ya con los ojos cerrados abrazaba su boca con la mía, disfrutaba como en un sueño su lengua sabor a nube de golosina y nuestras manos, tomaron rol de planeadoras, sobre nuestros cuerpos que poco a poco se iban dejando ver desnudos. En esto que Lucía se levanta, se sienta sobre mí, y me susurra al oído...
-Sabina, ¿no crees que al final serás mía? Yo reí suavemente, mirándola a los ojos, le di por respuesta un beso.
Nos empezamos a despojar de nuestras ropas, apareciendo nuestros cuerpos excitados, esperando como puerto la llegada de más...
Ella posee la magnífica herramienta de erizar casi sin tocar mi piel, soplaba muy bajito por mi escote y a la vez sus manos en mis espalda desabrochaban la prenda final. Yo suspiraba, mutando esa expresión a veces en gemido incontrolado, cuando su boca culminó mis pezones, dejándome en pleno éxtasis hormonal...
Se hizo reina primero de mis pechos, luego jugó con mi ombligo, dirigió mis caderas, llegando sus dedos a mi cueva. Clavó su mirada en la mía, yo acariciaba sus pechos pero casi no se dejaba. En esto que enterró su índice, estimulando el más sensible lugar de mi anatomía. Y yo loca, rematadamente eufórica mordí su oreja sin querer, la besé, y morí.
Mi cuerpo intentaba normalizarse después de aquello, caí exánime en sus brazos, mientras jadeaba. Lucía me miraba sonriente, llevó sus labios a mi frente, como tomando la temperatura. Y hablé...
-No se si seré tuya, pero lo que aseguro es que tu nombre estará grabado en mi mente por mucho, mucho tiempo.
Autor: galletadecanela
galletadecanela (arroba) hotmail.com
|
|
|
|
Lo mejor ***
Porno
Pornografia Gratis
Sexoafull.com
|